El reloj siempre estaba
cinco minutos adelantado.
No era un error. Era una
estrategia.
Su dueña decía que era
“por las dudas”. Para no llegar tarde. Para no correr. Para evitar la sensación
incómoda de estar al límite.
Pero en realidad el reloj
adelantado era un amuleto contra la ansiedad.
Vivía anticipando.
Imaginando escenarios. Calculando posibles fallas. Si tenía una cita a las
seis, a las cinco ya estaba inquieta. Si alguien no respondía un mensaje, su
mente ya había recorrido diez desenlaces distintos.
El reloj, en la pared de
la cocina, marcaba el ritmo de esa vida en permanente pre-alerta.
Hasta que un día, sin
aviso, se detuvo.
Exactamente a las 3:17.
Ella lo miró varias veces.
Pensó que era un error pasajero. Cambió la pila. Nada. Lo desmontó. Lo volvió a
colgar. Nada.
Las agujas quedaron
inmóviles.
La primera sensación fue
incomodidad. Luego irritación. Después una ansiedad sutil, como si algo
importante estuviera fuera de control.
Se dio cuenta de cuánto
dependía de ese pequeño círculo colgado en la pared.
Sin reloj funcionando, el
tiempo dejó de tener bordes precisos. No sabía exactamente cuánto faltaba para
que llegara la tarde. No podía controlar si iba “bien” o “atrasada” respecto a
nada.
El primer día fue difícil.
Miraba el celular a cada rato. Intentaba recrear la estructura.
Pero al segundo día algo
empezó a cambiar.
Mientras lavaba los
platos, notó el sonido del agua golpeando el metal. Mientras tomaba té, sintió
el vapor subir lentamente. Mientras se sentaba junto a la ventana, percibió
cómo la luz se desplazaba por la pared.
El tiempo no había
desaparecido.
Se había vuelto
experiencia.
Empezó a notar que muchas
veces no corría por obligación real, sino por costumbre emocional. Vivía cinco
minutos adelante porque temía lo que podía pasar si se quedaba quieta.
Una tarde se permitió
hacer algo que antes le resultaba casi insoportable: esperar sin hacer nada.
Se sentó en el sillón. Sin
celular. Sin televisión. Sin libro.
Al principio su mente
gritaba: “Estás perdiendo el tiempo.”
Pero ¿perdiendo respecto a qué?
Sintió el impulso de
levantarse. Lo observó. No actuó.
Respiró.
El silencio dejó de ser
amenaza.
Recordó cuántas veces
había querido que el tiempo pasara rápido en momentos difíciles. Y cuántas
veces había querido que se detuviera en momentos hermosos.
El reloj detenido le
estaba enseñando algo inesperado: el tiempo no necesita ser manipulado para
sostenerla.
Después de unos días lo
llevó a arreglar. El relojero lo revisó y dijo:
—A veces se traban cuando
trabajan demasiado forzados.
Esa frase le quedó
resonando.
Cuando volvió a colgarlo
en la pared, tomó una decisión sencilla pero profunda: no lo adelantaría más.
Si llegaba cinco minutos
después, aprendería a tolerarlo. Si tenía que esperar, esperaría.
No dejó de ser
responsable. Pero dejó de vivir adelantada.
Aprendió que el presente
no es un lugar peligroso. Es el único lugar donde realmente ocurre la vida.
Y desde entonces, cuando
siente que su mente corre hacia adelante, mira el reloj —ahora en hora exacta—
y susurra:
—Todavía no.
Y el tiempo, como un aliado silencioso, la acompaña.
✏ Marce Maria
